Arroje miles de piedras
al pequeño charco de la avenida,
y todas se hundieron,
los pequeños detalles
son los que nos consumen,
nos hacen olvidar,
que cada cosa no tiene dueño,
lo cotidiano es el milagro.
Un gato negro atraviesa el asfalto,
sereno muestra su pelaje brillante,
ya no arrojo piedras al charco
si no al mar que se ha formado,
los autos se hunden, yo estoy
tan blando que también desaparezco,
nadie lo nota, o al menos eso espero,
no quiero que nadie me siga al infierno.
Me pregunto por qué escribo sobre lo mismo,
porque sigo tan solo en un urbe sobrepoblada,
no te beso, no porque no quiero, si no porque te respeto,
si no quiero romperte, no debo darte desgracias,
por eso mato el tiempo apedreando charcos.
Yo tardo en entender que todo vendrá
cuando no haga falta nada para salvarme,
las grandes pasiones, no son las que destruyen
uno se desgarra para no sentir el invierno,
pero no sabe que arder es solo intentar
emular un verano, en donde no pensaba nada,
¿si me hundo vendrá alguien conmigo?
Yo estoy tan blando y tu tan blanca,
aunque no quiera que alguien me siga al infierno,
esa es una de las posibilidades,
no me afecta lo que pase en la actualidad,
si tengo algo que celebrar,
y por el cual arrojar piedras a las charcas,
es que invariablemente me vas a odiar.
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